Monster

No supe cómo empezó todo, cuando desperté aquel ser ya estaba sobre mí. No pronunció ninguna palabra, se limitó a gruñir y babear. Su aliento era insoportable, pero en ese momento parecía ser el menor de mis problemas. En la oscuridad sólo distinguía el brillo enfermizo de sus ojos inyectados de sangre. Intenté levantarme pero una enorme garra me detuvo en el suelo con facilidad. Parecía observarme. Medio curioso, medio divertido. Clavó sus garras en mi piel y empezó a moverlas cómo si hiciese algún tipo de dibujo. Por algún motivo, que no logro precisar ahora, levanté la cabeza e intenté mirar qué dibujaba, pero me lo impidió estrellando mi cráneo con violencia contra el suelo. Grité de dolor y supliqué por mi vida, pero no parecía entender mis palabras. No había visto antes a esa extraña bestia, pero de algún modo me resultaban familiares su olor nauseabundo y el tacto de sus llagas purulentas.

De un solo golpe atravesó mi pecho y pude ver como arrancaba mi corazón, lo llevaba a su boca y lo comía con asqueroso deleite. Estaba tan extasiado ante el macabro festín que no me percaté del extraño hecho de seguir con vida. Aquel ser devoró ante mis ojos atónitos aquel corazón sin el que, en otras circunstancias, ya debería estar muerto. Lo defecó sobre mí y lanzó un poderoso rugido que a mí me pareció una carcajada.

¿Quién o qué era ese ser pestilente? ¿Por qué parecía disfrutar tanto destrozándome poco a poco? A pesar de las circunstancias en las que me hallaba no podía dejar de preguntarme lo mismo una y otra vez. No lograba quitarme la sensación de que aquel misterioso engendro era un viejo conocido.

Me sacó de mis pensamientos con una bofetada. Tras el dolor de un corazón arrancado perder un par de dientes no era nada. Me arrancó los ojos clavando certeramente sus dedos en mi rostro… No lloré. Estaba agradecido de no tener que seguir mirando. Unos minutos después de haber visto por última vez la luz sentí que por fin se aproximaba la anhelada muerte. La vida se me escapaba poco a poco y aquel ser me zarandeaba con furia tratando de alargar su diversión. Sus esfuerzos fueron inútiles.

Escapé del único modo que se puede escapar de las manos de aquel terrible demonio, al que ahora desde las alturas, podía ver claramente a pesar de la oscuridad…. Y al que ahora con la sabiduría que trae la muerte puedo reconocer: EL AMOR.

junio 17, 2007 at 10:38 am Deja un comentario

Pajarraco

Desde que se sentó a mi lado supe que era un pesado. No llevaba más de cinco minutos junto a él y ya había visto las fotos de sus dos hijas y la cicatriz que le había dejado una operación de no se qué.
Me arrepentí de haber echado a la basura el sedante que me ofreció otro pasajero.
Nueve horas de vuelo hasta La Habana y me toca el pasajero más parlanchín del avión.
-¿A qué se dedica?- preguntó aquel pajarraco de corbata casi tan chillona. como él
-Soy ingeniero aeronáutico.
-¿Entonces fabrica aviones?
Sabía que no podría deshacerme de él y decidí charlar un rato. De todas maneras la película era un asco.
-Sólo partes de ellos. Mi compañía trabajó en algunas cosas de este modelo de Boeing.
-Entonces… ¿puede usted garantizarme que este avión está bien hecho?
-No. La verdad es que no. No se lo puedo jurar.
El avión dio una fuerte sacudida. Una azafata cayó de una forma muy fea y se nos ordenó abrocharnos los cinturones.
-¿Es eso normal?- preguntó con cara de angustia.
-¿Que nos pidan abrocharnos los cinturones? Sí, es normal. Que la azafata se haya dado en el trasero, también.
-Me refería a la sacudida, hombre.
-No estamos en una zona de turbulencias. Lo cierto es que ha sido bastante atípica.
Una segunda sacudida mucho mas violenta hizo que el pánico se apoderara de algunos pasajeros. La cabeza me empezaba a doler.
-¿No va a hacer algo?- preguntó apretándome el brazo con fuerza. Le quité la mano y lo miré con extrañeza.
-¿Yo?
-Si, usted es ingeniero.
-Necesito una copa.
-Dios. Y aún no he escrito un libro ni plantado un árbol.
-¿Qué?
-Ya sabe. Se supone que para morir realizado se necesita haber plantado un árbol, tenido un hijo y escrito un libro.
-Vaya estupidez- Contesté intentando recordar dónde había oído eso mismo.
-Al menos tengo dos hijas- continuó con el asunto el pajarraco.
-¿Dos?
-¡Si hombre! Le he mostrado las fotos hace nada.
-Es cierto, lo había olvidado. Bueno, ya que tiene dos, puede contar una como árbol.
-¿Cree que se puede?, yo creo que eso sería hacer trampas.
-Usted mismo- le dije con indiferencia.
En ese momento miré por la ventanilla y observé como un motor explotaba arrancando un trozo de ala del avión.
-Yo que usted amigo. Contaría a una de sus niñas como árbol.
-¿Por qué?
-Eso le dejaría unos noventa segundos para escribir un libro…

junio 17, 2007 at 10:37 am Deja un comentario

Mi alienígena de ojos azules

Sus ojos me tenían cautivado, admito que al principio me lamenté varias veces de que fuesen más de dos, pero eran de un azul tan hermoso que un día me olvidé de contarlos.
Con sus senos me ocurría algo distinto, me parecía un descuido por parte de Dios no haber armado a las mujeres terrícolas con el mismo arsenal. No os podeis imaginar lo divertidos que resultan a la hora del amor tres pezones.
Ambos sabíamos que no acabaría bien, pronto finalizaría esa misión que la retenía temporalmente en la Tierra y de la que nunca me contó ni un solo detalle. Ella no podía quedarse aquí, no podía respirar nuestro aire más de seis horas sin empezar a sentirse mal. Yo no podía ir a su planeta, con mis escasos dos ojos sería poco mas que un monstruo de feria entre ellos y su aire sería tan maligno para mí como para ella el mío.
Todas las noches, después de hacer el amor, barajábamos miles de posibilidades para seguir juntos, pero ningún plan soportaba una revisión minuciosa de los detalles.
Finalmente un día se marchó sin decir nada, se despidió de la misma forma que lo hacía siempre, sin embargo tuve la certeza de que no la volvería a ver. Puede ser que al alejarse las luces de su nave brillasen de un modo más triste. O a lo mejor era que las huellas de su tren de aterrizaje en mi jardín me parecían la marca labial de un beso de adiós.
Me quedé de pie bajo las estrellas, preguntándome si su misión en la Tierra era investigar cuantas noches necesitaba una alienígena para romper un corazón humano…

junio 17, 2007 at 10:32 am Deja un comentario

Aladino (la verdadera historia)

Aladino caminaba por la oscura callejuela que llevaba a su miserable chabola. No sabía en realidad el motivo, pero se sentía sumamente feliz.
Su pie descalzo tropezó con una lámpara sucia oxidada y fea, la recogió y corrió como un loco aferrándola con fuerza. No paró de correr hasta llegar a casa.
Aladino estaba emocionadísimo, había leido el cuento de un homónimo suyo y sabía que las lámparas contenían seres que concedían deseos. La frotó tal como había aprendido de aquel cuento y de el interior surgió un enorme genio que se ofreció a concederle tres deseos.
No había necesidad de pensárselo: Dinero y mujeres (el tercero lo guardaría para una emergencia). Aladino obtuvo con un ademán del genio todo lo que había deseado siempre.
Transcurrido un mes Aladino se encontraba en la gloria, dos meses después había empezado a notar que el dinero no era infinito y que las mujeres hermosas tenían gustos costosos, tres meses después había regresado a su chabola sintiéndose más miserable de lo que se había sentido nunca.
Decidió que era hora de pedir el tercer deseo. Frotó nuevamente la lámpara y le dijo al genio:
- Genio, deseo que me hagas feliz.
- ¿De verdad quieres ser feliz?
- Sí. Lo deseo.
- ¿Lo deseas tanto como para aceptar que borre de tu mente que alguna vez tuviste mucho dinero.
- Sí genio.
- ¿Tanto como para aceptar que te haga olvidar que un día tuviste a tu lado a las mujeres más hermosas?- Sí genio.
- ¿Deseas tanto ser feliz que estás dispuesto a sacar de tu mente que alguna vez tuviste un genio que concedía todos los deseos?
Aladino contestó nuevamente de forma afirmativa y el genio lo mandó con un chasquido de sus dedos a la callejuela oscura que llevaba a su chabola.
Aladino caminó hacia su casa sintiéndose feliz. No sabía cual era el motivo de esa felicidad y no le importaba, sólo sabía que se sentía muy bien. De repente, su pie tropezó con una lámpara sucia, oxidada y fea….

junio 17, 2007 at 10:20 am 6 comentarios

Juan Salvador Gaviota (el extraño regreso)

Juan Salvador Gaviota se aburrió de vivir en el paraiso de la gaviotas.
Estaba harto de realizar los mismos estúpidos ejercicios en busca de la misma estúpida perfección.
Harto de la misma playa on los mismos dos soles, la misma arena y el mismo cielo de aquel extraño color al que nunca pudo averiguarle el nombre.
Pero lo peor de todo , era que en el paraiso de las gaviotas el ya no era aquel viejo mesías. Era una gaviota mas en busca de lo mismo.
Ya no había a quien decirle “inténtalo”… porque todos lo estaban ntentando. Nadie a quien decirle “esfuérzate”, porque todos se estaban esforzando. Nadie a quien decirle…
Juan Salvador caminó con el pico bajo hasta llegar al borde mismo del paraiso de las gaviotas. Miró hacía abajo y observó lo que los distintos animales que poblaban la tierra estaban haciendo en esos momentos. Y una idea genial surgió en su cabeza de pájaro.
Cerró los ojos y se transportó a la velocidad del pensamiento. Cuando volvió a abrirlos, estaba frente a Chiang… la mas vieja y sabia de todas las gaviotas.
- maestro . Dijo Juan Salvador emocionado
- ¿Qué ocurre Juan?
- Maestro, he descubierto unos animales sumamente interesantes, sumamente inteligentes
- ¿Y que quieres Juan?
- Quiero que me des tu bendición, para bajar, unirme a ellos y enseñarles a volar.
Chiang se frotó el pico pensativo y le dijo:
- Muéstrame esos animales tan interesantes Juan
Cerraron ambos los ojos y a la velocidad del pensamiento se transportaron al borde del paraiso de las gaviotas. Juan Salvador Gaviota le mostró entonces a Chiang un grupo de seres humanos
- ¿Son esos Juan los animales de los que me hablabas?
- sí maestro, esos son.
- Mira Juan, esos animales son como dices, sumamente interesantes e inteligentes, pero nadie, ni siquiera tú, podrías enseñarles a volar…
Juan salvador Gaviota insistió, insistió e insistió con tantas ganas, que más por desesperación que por convencimiento, Chiang le dijo:
- Está bien Juan, tienes mi bendición. Baja y únete a los humanos… Después de todo, si alguien puede llegar a enseñarles a volar. Ese sin duda eres tú…
Juan Salvador Gaviota cerró una vez mas los ojos y desapareció tras un extraordinario destello que iluminó toda la playa. Fue lo último que se supo de él….
Muchísimo tiempo después, un día cualquiera, en esa misma playa. Zurcó los aires una blanca y resplandesciente ave que llevaba en su pico una ramita. Al verla todas las gaviotas gritaron sorprendidas:
- Maestro!! la paloma de la paz!
Chiang les dijo que no podía ser la paloma de la paz, porque la paloma de la paz había muerto hacía años ya en un tiroteo. No recordaba ahora si había sido en oriente medio, en Colombia o en una calle Neoyorkina. El caso es que ese pajarraco llevaba tiempo muerto.
Aquella resplandesciente ave de rama en pico se posó en la playa. Y todos pudieron ver que no era la difunta paloma de la paz.
Era juan Salvador Gaviota que volvía, mas hermoso que nunca…y llevando en su pico unas hojas de marihuana.
Juan Salvador se acercó a Chiang, la mas vieja y sabia de todas las gaviotas, dejó a sus pies la maría y le dijo:
- Maestro. Estábamos totalmente equivocados, de todos los animales, los hombres….son los que mejor vuelan!!!

junio 17, 2007 at 7:21 am 3 comentarios


Entradas recientes

Archivos

Feeds


Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.